17 de junio de 2013

Estrés hasta en sueños


 
 
 


Para no marcharme al trabajo sin decirte adiós te busqué por toda la casa. En la cocina tu taza de desayuno seguía templada cuando la coloqué en el fregadero. En el baño olía a tu colonia la toalla que colgué. Miré por la ventana del salón y no te vi. Me enfadé al comprobar que te habías ido sin dejar ni una nota y entonces fui al dormitorio y desmonté nuestra cama. Quería olvidarte cuando me agaché para meter en la lavadora toda la montonera de ropa que cabía entre mis brazos. Te encontré allí, dentro del oscuro tambor de la lavadora ¡tan tierno y pequeñito! Tú me apuntabas con mis braguitas diciéndome: «despierta ¡corazón! te estás equivocando... ¡El surrealismo es otra cosa!
 
 

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11 de junio de 2013

El jardinero


El sonido de un trueno.
En la penumbra de la habitación, la oscura figura caminaba de un extremo a otro pausadamente. Cuando llegaba a la húmeda pared, parecía dibujar con su dedo frases mágicas de algún cuento inconcluso. Vestía un abrigo largo y negro, como negra era toda su indumentaria. Bien afeitado y peinado, la palidez de su cara era el único indicio de una humanidad resguardada de la intemperie. Sus pasos se veían acompañados de sordos ruidos sobre el húmedo piso recientemente lavado, mientras por la puerta entreabierta penetraba un hilo de luz que solo se veía interrumpido por las volutas de humo que partían de su mano derecha.
Parecía haberse perdido en algún pensamiento. Sujetó su cabeza por un minuto, en un gesto que indicaba que había regresado a alguna vieja idea. Miró hacia la otra figura tendida en la cama. La acarició con la mirada. Existía algún tipo de conexión entre ellos que era difícil de explicar. Casi con ternura comenzó a hablar de una forma tan particular que las palabras parecían caer suavemente desde su boca. Era una pequeña letanía, repetida desde hacía mucho tiempo. Desprovista de toda nueva energía. Como si sólo fuera una excusa.

-Usted sabe Laura. Es como una rosa roja. ¿Se ubica? Un rojo palpitante en el centro de cada pétalo que se expande. Un color oscurecido poco a poco hasta alcanzar el mismo borde.
Se lo dije hasta el cansancio, cierto?. Que al fin y al cabo soy un alma sensible. Que podemos encontrar la belleza necesaria en cada cosa. Si, sé que puedo resultar un poco cursi y que las rosas son un recurso remanido. ¡Pero cuanta poesía se guarda aún en ellas!
No. No me mire así ¿Le conté de cuanto aprecio la prosa descriptiva de Rubén Dario? ¡No, que va! Seguramente no hemos tenido ni el tiempo ni la intimidad necesarias para conocernos tan a fondo. ¿Sabe? Hasta intuyo que somos almas gemelas. Me pasa todo el tiempo. Pero a diferencia de con otros, siento que en el fondo usted aprecia lo que le digo, que lo valora en su justa medida, no como esos energúmenos que me acompañan cada día. Sepa disculparlos. Merecen nuestra pena mas que nuestro desprecio. No todos en este mundo sabemos apreciar la belleza oculta en cada forma. En cada color. Esté segura que valoro mucho su colaboración en estos momentos. Usted es ciertamente una dama. No. No se lo digo solo como un simple cumplido. Debe concordar conmigo que hemos pasado momentos penosos. No le miento si le digo que me siento un poco responsable. Sólo un poco. Seguramente todos tenemos estos pequeños remordimientos contra los que debemos luchar. Usted me comprende. Y es por eso que le agradezco. Toda una dama. Sí.
Por cierto. Esa es una hermosa rosa roja, como le dije
Hoy temprano estuvo el enfermero ¿Darío no? Él entiende también de estas cosas. Creo que en el medio de tanta tristeza la de Darío es una mano cálida que sabe dar. ¿Le conté que me recetó unos tranquilizantes a escondidas de mis compañeros? No sea cosa que se sepa que aflojo. Es un hermano. Espero que a usted también la haya podido ayudar. ¿Sabe? Desde que tomo los tranquilizantes el día se me pasa mucho más rápido. No tengo tanto embrollo en la cabeza. Pero antes. Antes sentía voces. Varias. Parecian no poder ponerse de acuerdo en ningún tema. Complicado le digo. Pero ahora no. Ya se callaron. Ya puedo dedicarme un poco mas a la lectura. Hasta hace algunos años, antes que comenzara todo esto, ni me habría imaginado que terminaría siendo un adepto a la poesía. Me hace mucho bien. ¿Leyó algo de Bécquer? Se lo recomiendo.

¿Cómo vive esa rosa que has prendido
junto a tu corazón?
Nunca hasta ahora contemplé en el mundo
Junto al volcán la flor.

Le agrada cierto?. Creo que se llama así. ¿Cómo vive esa rosa que has prendido..." No es hermoso? Breve, claro, conciso. Es del tipo que prefiero. Porque, eso sí, me escapo de los temas lúgubres, sabe? Soy una persona muy, pero muy sensible y un exceso puede hacerme daño. Leticia, mi señora, también empezó a leer conmigo. No tenemos chicos y eso nos pone muy mal en alguna ocasiones. Pero verá, los dos tiramos del mismo carro y parejo desde hace veinticinco años. Créame, pasamos tiempos muy duros. Nunca tuve ni para regalarle rosas en nuestro aniversario. ¡Y como le gustan! Tanto como a mí mismo. Todavía tiene una, apretada entre las hojas de un viejo libro. Ni recuerdo cual es. Hoy cuando llegue a casa le pregunto.
Y bueno. Con el tiempo he encontrado la belleza en lo que hago. Al principio me costaba. Pensaba que estaba haciendo algo malo. Pero no. No es así. Soy como un jardinero, ¿no?. Cuido mis rosales hasta que los capullos estallen en ese rojo oscuro que tanto me agrada. Y usted. Usted siempre tan gaucha. Si hasta me ha regalado sus lágrimas como gotas de rocío que bañaran mis rosas.
Tal vez en la próxima cultive violetas. Me gustan las violetas. A usted le quedan bien. Es cuestión de probar. En serio. El violeta hundido en sus ojos, la rosa derramada en su pecho. Déjeme decirle que no todos los días nacen flores tan hermosas aquí, en este "chupadero" irónicamente llamado Olimpo.
Disculpe un momento. Ya llegaron los chicos.-

La figura se desembarazó de algún pensamiento pendiente, mientras guardaba el arma que aún humeaba en su mano.

-Tratenla bien. Es una amiga.

Los hombres de la morguera cerraron la negra bolsa que ahora contenía un cuerpo y se miraron tan solo un instante, sin poder comprender que tipo de poesía podía encerrar aquel momento.

OPin
Bs. As. 2000
© Copyright 2010
Once Cuentos sin Rumbo
ISBN 987-43-8446-9
Relato contra los crímenes de lesa humanidad ocurridos durante la última dictadura militar argentina.


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9 de junio de 2013

Manjares


Tic... Tic... Tic... Tic... El eco de la enorme cocina hace resonar esa molesta gota que cuelga de la canilla de bronce, hasta que su peso la lleva a caer sobre la vieja pileta enlozada.

La forma de la gota es perfecta, hace reflejar el brillo de la luna que entra por vitreaux de la altísima puerta de hierro que comunica a la cocina con el patio interno. Todas son igualmente perfectas a la vista. Y suenan igual.

Felipe no puede hacer nada, se da vuelta, se acurruca un poco más y sigue durmiendo. Al menos lo intenta, pero cuando parece dormirse por fin... Tic... Tic... Tic. Lo invade esa sensación de querer seguir soñando lo mismo. Era un sueño muy convincente, pero aunque cierra los ojos y trata de seguir la historia, no puede.

Que pena no poder seguir ese sueño. En el sueño lo respetaban y todas lo admiraban embelesadas al verlo pasar. Estaba rodeado de manjares.

Demasiado ideal para ser real. Es evidente que ya no soñaba, estaba analizando.

Abre los ojos y ve el reflejo de tenues colores que desvía la gota al colgar, hasta que cae. Y detrás de esa, otra, que crece y crece. Es una danza que hipnotiza y la música ayuda. Tic... Tic... Tic...

No pudo más y decidió levantarse. Caminó por el pasillo, subió las escaleras y se sentó en la terraza a mirar la luna. Es una noche ideal, sin viento, no hace frío y la luz amarillenta da un aspecto distinto a la gran terraza colmada de macetas y plantas.

Cuando de imprevisto un ruido lo sobresalta. Se le eriza la piel, sus ojos se abren dejando atrás todo rastro de sueño. Algo parece moverse detrás de las macetas, se queda petrificado sin mover ni un pelo pero con la vista fija en esa dirección.

Una sombra se mueve y lo sigue una figura temblorosa de movimientos nerviosos. Felipe parece esculpido en mármol, ni siquiera respira mientras esa criatura se le acerca. Hasta que el instinto toma el mando de su cuerpo y pega un salto violento e inesperado.

Felipe lo saborea. Ningún ratón escapa al mejor gato cazador del barrio.



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1 de junio de 2013

Lloro...

Lloro al recordar el dulce vientre
de mi madre,
aquél que con amor me trajo
aquí,
aquella cuna de amor y de
luceros,
que desde arriba de los
cielos,
a esta casa de luz me hizo
venir.

Lloro, porqué quisiera recordar
esos momentos,
en que en su vientre estuve una
vez,
cuna preñada de paz esperanzas y
consuelos,
¡que me cedio la vida al nacer¡.
Y desde allí comencé la danza de
mi vida,
y escuché la melodía de mi
ser,
aquella que al cantarla cada
dia,
recordara la inocencia del
nacer.

Y sonrio ahora al recordar
el vientre de mi madre,
y bendigo ese ser que me dio
el ser,
en donde comenzó el camino y
el sendero,
que con dulce manto de amor y
anhelo,
¡volverá algún dia a vestirme
otra vez ¡.

                              Julia Orozco.
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30 de mayo de 2013

Rosas rojas



En la puerta del hospital de urgencias, donde estacionan las ambulancias, había una pelea entre dos hombres. Me llamó la atención porque solamente uno de los dos golpeaba al otro, que no caía al piso a pesar de los tremendos puñetazos que le aplicaban en el rostro.

Habían comenzado dentro de un taxi y bajado de él a los tumbos. Quien recibía los golpes ni siquiera sacaba las manos de sus bolsillos, como si en ellos estuviera protegiendo algo valioso. No ofrecía ningún tipo de resistencia, sólo buscaba evitar los impactos. Pero no lograba hacerlo del todo, y el que golpeaba de manera feroz –que por su ropa parecía ser el taxista– le asestó varias trompadas más hasta que el agredido, al fin, se decidió a correr.

Me pareció extraño que no hubiera intentado defenderse o al menos, alejarse cuanto antes.

Perdí de vista a los dos hombres y seguí caminando. Entré al hospital por una de las puertas laterales. Venía bastante apurado, como siempre. Iba a visitar a un pariente internado y sólo llevaba un ramo de rosas rojas en mi mano derecha.

Unos segundos después, sentí que me empujaban desde atrás. Trastabillé y casi caigo al suelo. En una de las galerías, cerca de la terapia intensiva, el mismo hombre que había recibido los golpes me tomó del brazo y con un arma pequeña apuntó a mi pecho.

Haciendo ademanes, me obligó a acompañarlo. No dudé un segundo. Estaba muy lastimado y de su ojo izquierdo parecía caer sangre. Su camisa blanca, llena de pequeñas manchas de color oscuro. Y sus dientes...

Corrimos un largo trecho. La gente se horrorizaba al ver su cara destrozada y el revólver que llevaba en su mano derecha. Parecía algo grotesco, un hombre desequilibrado corriendo al lado de otro que seguía sosteniendo, como si fuera un trofeo, un ramo de flores. No entiendo por qué en ese momento no pude soltarlo.

Entramos a un pequeño ascensor. Allí bajó su arma y me miró a los ojos por primera vez. Sacó de su bolsillo una pequeña caja de color blanco, cerrada con cinta adhesiva, y me la entregó sin decir nada.

Al detenernos en el segundo piso, volvió a tomarme del brazo y así corrimos hasta el borde de un balcón que se encontraba unos pasos delante de nosotros.

Abajo, la gente había empezado a congregarse. Extrañamente, a pesar de todo, yo me encontraba tranquilo y seguro de que no iba a lastimarme. Algo en su mirada lo decía. Pero aún no llegaba a entender por qué me había dado la caja.

– No la abras todavía. Sólo después que me vaya. No cometas los mismos errores que yo.

Habló como si estuviera leyendo mi mente.

No tuve tiempo de preguntarle nada. Acercó la punta del revólver a su garganta, debajo de la nuez de Adán, y disparó.

Se desplomó sobre mí. Y la sangre... ¡por Dios! Tanta sangre a borbotones sobre mi ropa, mis zapatos y el ramo de flores.

Me lo saqué de encima. Sentía vergüenza de pensar más en el asco que me producía ensuciarme que en la locura y el drama de ese pobre hombre.

En pocos minutos llegó la policía. Tarde, como en las películas. Sólo atiné a quedarme sentado, apoyado contra la pequeña pared que nos rodeaba.

Guardé la caja en el bolsillo. Tuve la tentación de dejarla tirada o de esconderla en el pantalón del suicida, pero preferí respetar su último deseo. Cuando todos se fueran, la abriría.

Ya en mi departamento, cerca de las cinco, aún no había podido almorzar. Seguía asqueado por la horrible sensación de la sangre caliente sobre mi cuerpo. Volvía a verla, manando con violencia, mojando mis manos y mis pies.

Me senté en el living. Acababa de llamar la policía para pedir algunos datos y ver si podía aportar algo más. De paso, me avisaron que el psicópata no había muerto todavía. Estaba muy grave, internado en el mismo hospital de esta mañana. Era prácticamente imposible que sanara o despertara, según el comisario a cargo de la investigación.

Sin embargo, algo me impulsó a ir a verlo. Para saber más de él o de su vida. Además, me tentaba la idea de dejar la cajita blanca de bordes plateados entre sus pertenencias.

Pero no iba a poder hacerlo.

Unos minutos más tarde estaba camino del hospital, por segunda vez en pocas horas.

Llegué a la sala de terapia intensiva pero dos oficiales me impidieron el paso. Estaban parados al lado de la puerta, uno de cada lado.

Me preguntaron si tenía relación con él, si era familiar o pariente. No quise decirles mi nombre, sólo contesté que lo había conocido hace poco tiempo. El más joven me dio el pésame por anticipado y me informó que podía quedarme por allí, para esperar el obvio desenlace.

Les agradecí. Di media vuelta y busqué la salida. Había sido un día bastante largo.

Después de subir a un taxi para volver a casa, tomé la caja y me decidí a abrirla. De una vez por todas.

Nunca hubiera podido imaginarme lo que contenía.

Tenía que entregársela a alguien. Pero no a cualquiera. Alguien que fuera capaz de llevar a cabo lo que la caja pedía.

Vi por el espejo retrovisor que el taxista había observado lo mismo que yo. Y supe que comenzó a desearla, con todas sus fuerzas.

Estacionó a los pocos metros, cerca del sector de entrada y salida de ambulancias, y giró hacia mí. Me exigió la caja y no quise dársela. Por eso mismo comenzó a golpearme. En el rostro, en los oídos, en el estómago… pero no la solté. La guardé en mi bolsillo, a salvo de todo.

Tratando de esquivar sus trompadas, bajé del auto. Sin saber hacia dónde iba, empecé a buscar al próximo destinatario.

Advertí que desde lejos nos estaban mirando. Era un hombre calvo, como yo, que parecía llevar algo pesado en sus manos.

Lo seguí. Enceguecido por el impulso de compartir con alguien especial el contenido de la caja, fui hacia la galería donde se encontraba. Aún sin saber cómo iba a convencerlo de que aceptara.

Se me ocurrió quitarle el arma a un guardia del hospital. Lo hice y corrí con todas mis fuerzas por uno de los pasillos. Mi corazón latía cada vez más rápido. La sangre ensuciaba mi camisa. Tenía el ojo izquierdo semicerrado y mis dientes…

Encontré al calvo y lo tomé del brazo. Con la pistola apunté a su pecho y lo obligué a correr junto a mí, para alejarnos de todo.

Nos refugiamos en un ascensor. Cuando bajamos en el segundo piso, casi sin aliento, le di la caja y le indiqué:

– No la abras todavía. Sólo después que me vaya. No cometas los mismos errores que yo.

No tuvo tiempo de preguntarme nada. Allí mismo, cerca del balcón, acerqué la punta del pequeño revólver a mi garganta y disparé.

Caí sobre él. Y mi sangre... por Dios, tanta sangre a borbotones sobre su ropa, sus zapatos y el ramo de rosas rojas que él seguía sosteniendo entre sus manos, como si fuera un maldito trofeo.



Gonzalo Salesky

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25 de mayo de 2013

Otras horas. . .

De Pedro Subercaseaux


Las tertulias en casa de los Del Pino eran monótonas. Rafael tocaba la misma melodía en el destartalado clavicordio y su hermana Magdalena, el arpa, por cuyos sonidos su madre sentía devoción. Los más jóvenes se divertían jugando a los naipes y haciéndose alguna broma. A las seis de la tarde, más en invierno, era norma, regresar cada uno a su casa. A veces se servía el chocolate caliente con bollos de anís que la esclava Clementina preparaba con dedicado esmero y que la dueña de casa ofrecía gentilmente. María Elena siempre bordaba su ajuar en espera del ansiado novio que algún día  llegaría de Londres.
Manuela Cuenca y Trillo se aburría. Tendría unos dieciséis años y si bien ya estaba en edad de merecer se oponía a los “convenientes” pretendientes que su padre le buscaba y conseguía. “Vas a tener que decidirte hijita, si no el que va a elegir seré yo” le rumiaba en sus oídos, cuando ella se retiraba a sus aposentos despreciando a comerciantes, militares o hacendados que su progenitor invitaba a cenar con el directo fin de casar a su hija. A Manuela no le gustaban las tertulias en casa de sus primos y con Magdalena tenían un roce especial e innato: ambas no se soportaban. Sin embargo, en aquellos años de comienzos de 1800, en el Virreinato del Río de la Plata, ésas eran las costumbres y había que respetarlas en la vanguardista ciudad de Buenos Aires. Buscando un interesado equilibrio, Manuela cumplía con ahínco otra de las costumbres de la época: asistir a misa. Marchaba diariamente a la misa de 11 de la mañana que Fray Cecilio Loyola daba en un latín sonoro e incomprensible en la Iglesia de San Nicolás de Bari, donde funcionaba el Convento de las monjas Capuchinas. Llevaba flores blancas del huerto de su casa y no faltaba nunca, aunque lloviese. Su madre, una criolla de estirpe, le rezongaba antes de salir en uno de esos días de llovizna porteña: “Después no te quejes si el barro te ensucia el vestido” y de paso comentaba con su esposo: “Me parece que esta hija nuestra va a terminar haciéndose monja, va tanto a las capuchinas” comentario que el Gral. Cuenca no aceptaba con agrado. Él tenía otros planes para Manuela. Sin embargo, ella había elaborado los suyos, muy distantes de ingresar a una orden religiosa. Bernardo, un mulato hijo de un negro esclavo traído del Brasil y de una española arrojada de su hogar y abandonada en el campo, la acompañaba todos los días a misa por estricta disposición del General. Porque no podía siquiera imaginarse que una señorita anduviese sola. Debía llegar a la casa de Dios custodiada o acompañada de su madre, hermanas u otros parientes. Para entonces, Manuela había trabado amistad con una prima de la esposa del joven y apuesto abogado, Mariano Moreno, llegados unos meses antes de Chuquisaca, ciudad del Alto Perú. Con Consuelo Arteaga, se encontraban en los bancos parroquiales y entre sonrisas y murmullos se encomendaban a la virgen y aprovechaban el rito religioso para hablar de sus amores imposibles. Para el caso que se presentara algún problema, ambas serían testigo de cargo recíprocamente. Picardías de la juventud que, antes que las ideas revolucionarias, indicaban el comienzo de una rebelión en el corazón mismo de la sociedad. Desde pequeña, cuando en el polvoriento patio de atrás de la casa jugaba con sus primos y algún invitado al “gallito ciego”, Manuela, había puesto sus ojos en un morenito que los espiaba desde arriba de un corpulento y tupido sauce.
La historia de sus padres habría de repetirse en la vida de Bernardo. Tuvo la desgracia de enamorarse de Manuela sin sospechar que ella ya lo estaba de él desde niños. Sus idas y venidas a misa eran los momentos en que estaban juntos. También en el huerto, pero el lugar era más peligroso, a pesar de que ambos habían experimentado allí su primer beso. Cuando Manuela descendía del carruaje, se apretaban fuertemente las manos en señal de amor recíproco. Ella le había regalado un pañuelo suyo y él unas semillas rojas, brasileras que la joven guardaba celosamente. Ésa era la razón por la que Manuela Cuenca y Trillo no gustaba de las tertulias ni de la actividad social. Para ella, escuchar la pianola o los recitados eran horas perdidas. Su difícil mundo tenía un nombre que bien sabía no podría pronunciar jamás en el seno de su familia. Eran, otros tiempos, otras horas. . .
La rebeldía, fue simiente en la sociedad porteña, no sólo de  importantes movimientos que hicieron trastabillar el orden institucional impuesto por España, sino también, de grandes amores.


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20 de mayo de 2013

El Ruiseñor.


Aquél ruiseñor cantaba en la cumbre,
lo hacía con ese sonido que tiene tan dulce,
y cantaba y cantaba y no se cansaba
de entregar su canto a la cumbre alta.
Nada esperaba, ni aplausos, ni besos,
ni siquiera un gracias.
Tan solo cantaba por dar con amor,
ese dulce don que le fue entregado 
cuándo se creo.


Y llegó hasta el Cielo ese dulce trino,
y fue escuchado con mimo Divino,
y aquél dulce canto de ese ruiseñor...
¡me cuentan que alegra con ternura
inmensa....
¡la calma de Dios ¡.
            
Julia Orozco.
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